Septiembre marca una etapa especial del año. Muchos sentimos que es un momento de balance: miramos lo recorrido, tomamos aire y nos preparamos para encarar lo que queda con energía renovada. Desde áreas como Recursos Humanos creemos que es un excelente momento para hablar de algo fundamental pero muchas veces invisible: el clima laboral y la cultura organizacional.
Pero, ¿Qué es exactamente el clima laboral?
No es solo si “el ambiente está bien” o si no hay conflictos. Es algo mucho más profundo: es cómo nos sentimos al venir a trabajar, cómo nos relacionamos, cómo nos comunicamos y cómo convivimos a diario. Es si venimos con ganas o con peso, si sentimos que lo que hacemos tiene sentido, si nos sentimos parte de algo más grande que nosotros mismos. Y ahí es donde entra la cultura organizacional.
Muchas veces pensamos que la cultura “ya está definida”, que es responsabilidad de la dirección o de Recursos Humanos. Pero en realidad, la cultura se construye y se renueva constantemente con lo que cada uno de nosotros hace, dice y elige cada día.
No es un documento, no son solo los valores escritos en una pared. Es lo que vivimos.
La cultura se refleja en cosas simples:
• En cómo saludamos al llegar y cómo nos despedimos.
• En si estamos atentos al otro o simplemente cumplimos con lo nuestro.
• En cómo reaccionamos ante un error: ¿con apoyo o con juicio?
• En si nos animamos a dar una opinión o preferimos callar.
• En cómo damos feedback: ¿con respeto y empatía, o desde la crítica vacía?
• En si celebramos los logros del equipo o solo miramos lo que falta.
Todas estas acciones, por pequeñas que parezcan, construyen el ambiente donde pasamos gran parte de nuestras vidas. Y lo más importante: todos influimos. No hace falta tener un cargo específico para impactar positivamente en la cultura del lugar.
Cada actitud suma (o resta).
¿Y cómo podemos contribuir a un mejor clima?
No se trata de ser perfectos, ni de forzar sonrisas. Se trata de estar presentes, de cuidar las formas, de generar confianza.
Algunas cosas simples que podemos empezar a hacer:
• Escuchar con atención.
• Agradecer más
• Reconocer lo bueno que hace el otro.
• Pedir ayuda sin miedo y ofrecerla cuando alguien lo necesita.
• Hablar desde el respeto, aunque pensemos distinto.
• Dar espacio al otro para expresarse.
• Cuidar el lenguaje, el tono, la forma.
También es importante involucrarnos y acompañarnos de las acciones que las empresas nos otorgan como colaboradores: espacios de escucha, capacitaciones, mejoras en la comunicación interna y más. Pero ninguna iniciativa tiene impacto real si no hay una participación activa de quienes formamos parte del día a día.
Hoy más que nunca, te invitamos a ser protagonista.
Pregúntate:
• ¿Qué aporto yo al clima de mi equipo?
• ¿Qué actitudes mías pueden mejorar (o dificultar) la convivencia?
• ¿Qué me gustaría ver más en los demás… y cómo puedo empezar por mí?
La invitación es simple pero poderosa: hagamos de este nuestra área laboral un espacio donde podamos crecer, compartir, trabajar con propósito y sentirnos bien.
La cultura no se impone. Se vive. Se contagia. Se construye entre todos.
Por Lic. Wendy Cerna
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