Por Héctor Fernando Guerrero Rodríguez
En las plantas industriales de Baja California, cada vez es más visible un fenómeno que hasta hace poco parecía lejano: la entrada masiva de jóvenes de la Generación Z a puestos operativos, técnicos y administrativos. Son jóvenes nacidos a partir de 1997, nativos digitales, inquietos, impacientes y con una visión muy distinta del trabajo. Esta transición no es menor. En un entorno donde la disciplina operativa ha sido el sello de la productividad —puntualidad, cumplimiento, estándares de calidad y seguridad—, integrar a una generación que valora la flexibilidad, el propósito y la inmediatez representa un reto cultural y de liderazgo profundo.
Hace diez años tuve la oportunidad de colaborar en este medio con la columna “Una nueva generación en el mercado laboral”, en la que mencionaba que la Gen Z no solo buscaría un empleo, sino un espacio donde pueda aportar, crecer y sentirse escuchada. Y aunque eso suena ideal, en el mundo industrial -donde el takt time no se detiene y la seguridad no admite atajos-, esta mentalidad puede generar fricción si no se gestiona con inteligencia.
Las generaciones que han sostenido la base industrial de nuestra región han sido los Baby Boomers, la Generación X y buena parte de los Millennials. Principalmente las dos primeras crecieron con una noción del trabajo muy distinta: estabilidad, respeto jerárquico y cumplimiento como sinónimo de compromiso.
Para la Gen Z, el trabajo es un medio, no un fin. Su lealtad se gana con oportunidades, claridad de propósito y reconocimiento real, no con antigüedad ni reglamentos. En el centro de trabajo, esto se traduce en contrastes evidentes: mientras los supervisores esperan obediencia y puntualidad, los jóvenes esperan explicación y sentido. Y cuando no lo encuentran, muchos simplemente se van. La clave tal vez no esté en flexibilizar las reglas, sino en darles significado. Explicar el por qué detrás del qué: por qué se sigue un procedimiento, por qué se mide la eficiencia, por qué la puntualidad salva vidas en una línea de ensamble y mantiene empleos. Cuando la norma se conecta con propósito, deja de sentirse como una imposición y se convierte en orgullo. Indiscutiblemente, la disciplina sigue siendo la parte medular de toda operación industrial. Sin ella, no hay calidad, ni productividad, ni seguridad. Pero hoy necesita un nuevo lenguaje.
Algunas estrategias pueden ayudar a tender puentes entre la estructura industrial tradicional y las expectativas de esta nueva generación. La primera es comunicar propósito, no solo tareas. Es fundamental explicar cómo cada proceso impacta la seguridad, al cliente y al país. La Gen Z busca trascendencia incluso en lo operativo, y cuando entiende el valor de su labor, su compromiso crece de forma natural. También es necesario digitalizar la disciplina. Esta generación comprende los tableros de resultados, las aplicaciones y los datos. Integrar herramientas digitales de monitoreo y mejora continua resulta mucho más motivador para ellos que los memorándums o circulares tradicionales.
Un tercer elemento es fomentar la mentoría intergeneracional. Los trabajadores veteranos pueden transmitir el valor del compromiso, mientras que los jóvenes aportan agilidad tecnológica. De esa interacción surge una cultura más sólida y productiva. Asimismo, conviene proporcionar retroalimentación constante. La evaluación anual ya no funciona. Los jóvenes esperan conversaciones frecuentes, ágiles y honestas que les permitan mejorar y sentirse parte del proceso. Finalmente, es indispensable distinguir entre lo inflexible y lo flexible. La seguridad, la calidad y el cumplimiento son innegociables; sin embargo, los métodos, la comunicación y los horarios pueden y deben evolucionar.
La Gen Z no vino a romper la disciplina industrial; vino a recordarnos que la disciplina, para seguir viva, necesita evolucionar. Al final del día, no es que exista un rechazo a la disciplina por parte de este grupo, sino a la falta de propósito detrás de ella, algo que ocurría con frecuencia en entornos predominantemente liderados por Baby Boomers.
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